Adiós al hombre que pintó la luz: muere David Hockney a los 88 años
El artista británico David Hockney, célebre por sus piscinas turquesas y sus experimentos con la mirada, falleció a los 88 años. Su legado va mucho más allá del pop: fue un inconforme perpetuo que retaba los límites de la imagen.
La paleta perdió a uno de sus genios más lúcidos. David Hockney, el británico que convirtió una piscina californiana en un ícono del siglo XX y que jamás dejó de cuestionar cómo vemos el mundo, murió a los 88 años. Su partida cierra una vida dedicada a empujar los bordes de la pintura, la fotografía y hasta la tecnología.
Para el público masivo, Hockney será siempre el hombre de los splashes eléctricos, los azules imposibles y los cuerpos bronceados bajo el sol de Los Ángeles. Pero reducirlo a eso sería traicionarlo. Él mismo se resistió toda su vida a ser encasillado en la etiqueta de "pintor pop" que le colgaron en los años sesenta.
Un inventor de miradas
Hockney no pintaba superficies: pintaba maneras de mirar. Sus obras más recordadas —desde Retrato de un artista hasta sus famosas piscinas— son en realidad ensayos visuales sobre cómo el ojo humano construye la realidad. Cada cuadro es una pregunta disfrazada de placer estético.
Su curiosidad era insaciable. A los setenta años, en lugar de descansar en la gloria, aprendió a dominar el iPhone y el iPad como nuevas superficies pictóricas. Demostró que la vejez creativa no existe cuando hay hambre de explorar. Sus paisajes de Yorkshire pintados en tablet conmovieron al mundo tanto como sus acrílicos monumentales.
Más allá de la pintura
- Teatro y ópera: diseñó escenografías memorables para productions de Mozart y Wagner, demostrando que su ojo abarcaba el espacio tridimensional.
- Fotografía: sus famosos joiners —collages fotográficos que descomponen un instante en múltiples perspectivas— anticiparon la lógica visual de Instagram décadas antes de que existiera.
- Activismo visual: fue un defensor temprano de los derechos LGBTQ+ y pintó el amor entre hombres con naturalidad política cuando pocos se atrevían.
En un mundo artístico donde abundan las modas pasajeras, Hockney sostuvo una convicción: la pintura sigue viva, mientras haya ojos dispuestos a mirar con asombro.
El legado de un inconforme
Hockney fue muchas cosas a la vez: británico hasta la médula, californiano por elección, homosexual sin pedir disculpas, tecnófobo crítico de la inteligencia artificial generativa —a la que consideraba una amenaza— y, sobre todo, un trabajador obsesivo. Pintaba casi todos los días. Decía que el descanso era para los aburridos.
Su muerte no es solo la pérdida de un artista: es el cierre de un capítulo irrepetible en la historia del arte occidental. Con él se va una época en la que un solo individuo podía reinventar la mirada humana desde un caballete, una pantalla táctil o un escenario.
Desde La Raíz rendimos homenaje a quien nos enseñó que mirar también es un acto de rebeldía. Descanse en paz, David Hockney. Sus azules seguirán nadando en nuestra memoria colectiva.