La Raíz.

De green a refugio: el campo de golf que hoy sostiene a los damnificados en Venezuela

Dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron La Guaira en apenas 39 segundos. Donde ayer había lujo y opulencia, hoy se levanta un paisaje de ruinas. Un campo de golf se transformó en el corazón de la emergencia.

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Imagen editada: De green a refugio: el campo de golf que hoy sostiene a los damnificados en Venezuela
Imagen editada: De green a refugio: el campo de golf que hoy sostiene a los damnificados en Venezuela

En apenas 39 segundos, el suelo venezolano se partió dos veces. Primero con un movimiento de magnitud 7.2; segundos después, con otro de 7.5. La Guaira, ese corredor costero que muchos conocieron como la postal turística más brillante del país, amaneció convertida en un cementerio de concreto y acero retorcido.

Las cifras oficiales aún son preliminares, pero las imágenes cuentan lo que las estadísticas tardarán en procesar: edificios enteros desplomados sobre sus propios cimientos, manzanas completas reducidas a escombros sin remover y un silencio que pesa más que las propias réplicas.

El retrato de una zona próspera hoy devastada

Caraballeda fue, en los años noventa, una suerte de Marbella caribeño. Palmeras alineadas, hoteles de lujo, condominios con vista al mar, muelles saturados de yates y, por supuesto, un campo de golf que resumía el espíritu de una época. Esa postal hoy se evapora entre montañas de ruinas.

Recorrer la parroquia es atravesar un paisaje que se parece más a una zona de guerra que a un destino vacacional. Hay tramos enteros de las urbanizaciones Caribe y Tanaguarena donde ni las máquinas pesadas han llegado todavía. La remoción de escombros apenas comienza.

De los greens al corazón de la emergencia

Resulta casi una metáfora involuntaria del destino: el campo de golf del Caraballeda Golf & Yacht Club, aquel espacio diseñado para el ocio de una élite que miraba al Caribe desde sus carritos eléctricos, se ha transformado en el epicentro operativo de la emergencia.

Allí convergen ahora voluntarios, brigadas de rescate, médicos improvisados y familias que perdieron todo. Las zonas verdes, otrora pensadas para el esparcimiento, sirven hoy como puntos de acopio, áreas de descanso y, en muchos casos, como espacios de pernocta para quienes ya no tienen un techo bajo el cual guarecerse.

Una herida que reabre otra más vieja

Para los habitantes de La Guaira, la palabra "desastre" no es nueva. En 1999, las lluvias torrenciales provocaron la llamada Tragedia de Vargas, que dejó miles de muertos y marcó a fuego la memoria colectiva. Más de dos décadas después, la naturaleza vuelve a golpear con idéntica crueldad, aunque por vías distintas.

La diferencia, sin embargo, no está solo en el fenómeno. También está en la respuesta. Vecinos que antes jamás cruzaban palabra hoy coordinan cadenas humanas para sacar gente de entre los escombros. Cocinas improvisadas funcionan en las aceras. La solidaridad, en medio del dolor, se vuelve el único cemento que todavía sostiene a la comunidad.

Lo que viene

Las réplicas no han cesado. Los rescatistas trabajan contra el reloj, conscientes de que cada hora reduce las probabilidades de encontrar sobrevivientes. Mientras tanto, el campo de golf —otrora símbolo de una opulencia que hoy ya no significa nada— se mantiene como un faro improvisado en medio de la devastación.

Porque a veces la historia se encarga, con una ironía demoledora, de recordarnos que las canchas más importantes no son las que se miden en hoyos, sino las que se juegan con dignidad cuando todo lo demás se ha caído.

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