Dinorah Figuera regresa a Venezuela: la mujer que EE.UU. eligió para negociar la transición
Después de ocho años en el exilio español, la opositora aterrizó en Caracas enviada por Washington. Su encomienda: pactar con Delcy Rodríguez una autoridad electoral confiable y abrir, por fin, un camino democrático en un país ahogado por la crisis.
Ocho años en el exilio pesan. Y cuando el Departamento de Estado de Estados Unidos toca la puerta, pocas veces se dice que no. Eso fue exactamente lo que ocurrió con Dinorah Figuera, la opositora venezolana que esta semana puso un pie en Caracas tras casi una década fuera de su país, con una misión que podría redefinir el rumbo político de Venezuela: sentarse cara a cara con el chavismo y negociar una transición largamente esperada.
El regreso que nadie anticipaba
Figuera aterrizó en la capital venezolana el jueves pasado. No viajó por cuenta propia ni en un operativo clandestino. Lo hizo respondiendo a una invitación directa del gobierno de Donald Trump, que busca mover las piezas en un tablero donde, desde hace meses, todo parece estar atorado.
Apenas bajó del avión, la opositora dejó clara la encomienda: construir, junto a la presidenta interina Delcy Rodríguez, un poder electoral que ofrezca mínimas garantías de legitimidad. Una tarea titánica en un país donde las instituciones han sido durante años el principal instrumento del partido en el poder.
Los primeros movimientos diplomáticos
El cronograma fue intenso desde el primer minuto. Figuera se reunió con el encargado de negocios estadounidense John Barret y, horas después, cruzó la puerta del Palacio Legislativo para encontrarse con Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y uno de los operadores más experimentados del chavismo, además de hermano de la mandataria interina.
- De la reunión surgió el compromiso de instalar una mesa técnica y política paritaria.
- El objetivo: trazar una hoja de ruta hacia un "escenario democrático, plural e institucional".
- El lenguaje, aunque diplomático, esconde un acuerdo incómodo para ambos bandos.
¿Y por qué no María Corina Machado?
La gran ausente de esta historia es la líder más visible de la oposición venezolana, quien ha encabezado durante años las protestas y ha sido reconocida internacionalmente como la cara de la resistencia democrática. Su exclusión del proceso responde, según analistas, a una lectura pragmática de Washington: Figuera es considerada una figura más negociadora, con menos carga política interna y, por lo tanto, menos tóxica para sentarse con el chavismo.
El cálculo parece simple. Para que un acuerdo avance, hace falta alguien que el gobierno de Rodríguez no perciba como una amenaza existencial. Machado, en cambio, simboliza la ruptura total con el modelo chavista, algo que el oficialismo no está dispuesto a aceptar en este momento.
La tercera fase de un plan mayor
Este acercamiento forma parte del tercer movimiento de una estrategia estadounidense que comenzó el pasado 3 de enero, con la captura del entonces presidente Nicolás Maduro. Desde entonces, Washington ha intentado empujar una salida negociada que evite un colapso institucional mayor y, sobre todo, una nueva oleada migratoria hacia el norte del continente.
Para México y para toda la región, lo que ocurra en Caracas no es un asunto lejano. Millones de venezolanos han cruzado fronteras en los últimos años, y una transición estable podría aliviar la presión sobre países como Colombia, Perú, Chile y, en menor medida, el propio territorio mexicano.
Una oportunidad con demasiadas sombras
Aunque las fotografías de Figuera saludando a Jorge Rodríguez han recorrido el mundo como símbolo de un posible entendimiento, la realidad es que el camino está lleno de trampas. El chavismo ha sobrevivido a sanciones, protestas y crisis económicas sin ceder el poder de manera significativa. Apostar a que esta vez sea distinto exige, como mínimo, una pizca de fe.
Lo que está en juego, sin embargo, trasciende a Venezuela. Una transición genuina sería la primera derrota política seria del proyecto bolivariano en más de dos décadas, y un mensaje claro para los autoritarismos de la región: la presión internacional, tarde o temprano, termina por abrir grietas.