El crédito que se pagó tres veces: Sheinbaum promete 1.8 millones de casas y borrar la pesadilla del Infonavit
La presidenta lanzó en Chiapas el programa Vivienda para el Bienestar: 1.8 millones de hogares nuevos y un plan para sanear créditos del Infonavit que obligaron a millones a pagar varias veces el valor original de su casa.
Hay historias que se repiten en millones de cocinas mexicanas: trabajadores que durante 20 o 30 años entregaron quincena tras quincena un crédito habitacional y, cuando quisieron ver el final del túnel, descubrían que la deuda seguía ahí, multiplicada. El sueño de un techo propio se convirtió, para generaciones enteras, en una trampa financiera con sello del Infonavit.
Ese capítulo es el que el gobierno de Claudia Sheinbaum quiere cerrar de golpe. En una gira por Chiapas, la presidenta no solo entregó viviendas del programa Vivienda para el Bienestar: presentó una estrategia que coloca en el centro dos urgencias paralelas —construir a velocidad inédita y, al mismo tiempo, reparar el daño acumulado de décadas de créditos impagables.
La meta: 1.8 millones de hogares en seis años
El anuncio principal es ambicioso. La administración federal proyecta edificar 1.8 millones de viviendas durante el sexenio, una cifra que de cumplirse marcaría un ritmo de construcción sin precedentes recientes en el país. Pero la promesa no se queda en levantar muros: el plan está diseñado para alcanzar a cerca de ocho millones de familias a través de cuatro líneas de acción.
- Vivienda nueva en zonas urbanas y rurales con esquemas de acceso subsidiado.
- Mejoramiento de casas ya existentes, una vía rápida para dignificar espacios sin esperar obra nueva.
- Regularización de predios, para que millones de familias obtengan por fin certeza jurídica sobre el terreno que habitan.
- Saneamiento de créditos hipotecarios, el componente que toca directamente la herida abierta del Infonavit.
El otro frente: terminar con los créditos impagables
Durante décadas, el sistema de financiamiento permitió que miles de derechohabientes accedieran a un patrimonio. También dejó una herencia amarga: mensualidades que nunca alcanzaban para liquidar el capital, intereses que crecían más rápido que el salario y acreditados que, al final del camino, descubrían que habían pagado hasta tres o cuatro veces el valor original de su vivienda sin obtener la escritura limpia.
El gobierno reconoce abiertamente que ese fue un freno silencioso para la movilidad social. Mientras la deuda se arrastraba, las familias vivían en una especie de limbo: eran dueñas a medias de un patrimonio que no podían heredar, vender ni usar como garantía real.
Lo que está en juego
La estrategia combina dos lógicas que rara vez caminan juntas: escala y reparación. Construir a este ritmo exige coordinación con desarrolladores, estados y municipios, además de suelo disponible y financiamiento accesible. Pero el componente más delicado es, sin duda, el saneamiento de créditos viejos, donde cada caso puede esconder décadas de abusos administrativos, tasas infladas y restructuraciones que nunca llegaron.
Para Chiapas, donde Sheinbaum hizo el anuncio, el simbolismo es claro: uno de los estados con mayor rezago habitacional del país recibe la primera fila del programa. La pregunta que sobrevuela la promesa es la misma de siempre en política social mexicana: ¿llegará el beneficio a quienes más lo necesitan antes de que el sexenio termine?
Por ahora, millones de familias mexicanas miran la cifra de 1.8 millones con la misma mezcla de esperanza y cansancio de quien ya ha escuchado promesas similares. La diferencia, prometen en Palacio Nacional, es que esta vez viene acompañada de una deuda histórica que también se pretende cobrar: la que el Infonavit les cobró de más durante décadas.