El directivo que construyó un imperio de 1,500 millones de euros con menos del 10% de visión
Alejandro Oñoro, con un nervio óptico dañado desde nacimiento, dirige Ilunion, el grupo empresarial de la ONCE. Su historia es un testimonio de adaptación, disciplina y la fuerza de no rendirse ante la adversidad.
Hay historias que merecen contarse no por lo extraordinario del personaje, sino por la normalidad con la que enfrentó lo que muchos considerarían imposible. Alejandro Oñoro, un hombre nacido en San Sebastián hace 53 años, ha dedicado tres décadas a la ONCE y hoy pilota Ilunion, el grupo empresarial que factura cerca de 1,500 millones de euros. Todo ello con menos del 10% de visión.
Una infancia entre uniformes y apuntes al oído
Cualquiera que haya convivido con Alejandro en la escuela podría no haber notado nada. Tomaba apuntes de oído, se sentaba en primera fila, identificaba a sus amigos por la ropa. Funcionó durante años, hasta que un cambio de colegio lo puso en evidencia: el nuevo uniforme borró de un plumazo todas las referencias visuales que había construido.
"¿Dónde están mis amigos?", pensó aquel primer día. Era tercero de EGB. A los doce años, una visita médica confirmó lo que ya era evidente: su nervio óptico no funcionaba correctamente, el fondo de ojo aparecía blanco. Pero para entonces, él ya había aprendido a vivir con lo que tenía.
La normalidad como forma de resistencia
Lo que distingue a Oñoro no es la supercapacidad, sino la insistencia de unos padres que se negaron a tratarlo como distinto. Sus hermanos salían, él salía. Sus amigos se sacaban el carné de conducir, él callaba y sonreía. Los complejos de la adolescencia los tuvo, claro, como cualquier chaval.
Hoy, al reencontrarse con aquellos compañeros de la infancia, muchos le confiesan: "No nos dimos cuenta de que no veías". Es el mejor reconocimiento posible para alguien que aprendió a moverse por el mundo con trucos propios y una voluntad inquebrantable.
De la lupa accidental al liderazgo empresarial
El camino hacia la ONCE fue casi una casualidad. En la universidad, la lectura se volvió insoportable. Buscó una lupa, terminó en una óptica, y de ahí lo derivaron a un centro de la organización. Lo que encontró no fue solo un apoyo técnico: fue un proyecto de vida.
Treinta años después, Oñoro está al frente de Ilunion, un conglomerado que combina rentabilidad económica con impacto social, demostrando que la inclusión no está reñida con la competitividad ni con los balances millonarios.
Una lección que trasciende lo personal
La reflexión que deja su trayectoria es incómoda y necesaria: la capacidad está dentro de cada uno, pero solo florece cuando el entorno deja de ponerle barreras. Su historia no es la de un superhéroe, es la de alguien que aprendió a sortear un mundo diseñado sin pensar en personas como él.
Quizá por eso, más allá de los números, lo que Oñoro encarna es algo más profundo: la convicción de que adaptarse no es resignarse, y que la verdadera inclusión comienza cuando nadie tiene que dar explicaciones por hacer lo que le apasiona.