La Guaira apesta a muerte: Venezuela intenta salvarse con sus propias manos
Dos sismos simultáneos sacudieron el norte de Venezuela y dejaron al menos 1,492 muertos en La Guaira, la peor tragedia del país en un siglo. No hay papel para nombrar a los fallecidos y el gobierno improvisó ocho morgues.
El colapso que nadie quería nombrar
Casi 72 horas después de los dos sismos simultáneos que sacudieron el norte de Venezuela, La Guaira dejó de oler a mar para oler a cadáver. Lo que alguna vez fue un puerto vibrante se ha transformado en una morgue a cielo abierto, donde los muertos se cuentan por decenas cada hora y hasta lo más básico —un papel, un marcador— se ha vuelto un lujo.
Una tanatóloga en pleno trabajo levanta la voz entre los escombros: «¿Alguien tiene papel? ¿Algo para escribir? ¿¡Alguien!?». La escena, relatada por el equipo de El País en el lugar, retrata con crudeza lo que significa hoy la emergencia más devastadora que ha vivido el país en un siglo. Los cuerpos, algunos expuestos al sol por más de una hora, se cubren con sábanas y se rocían con cal para contener, mínimamente, el olor. El gobierno de Delcy Rodríguez improvisó ocho nuevas morgues, pero ni siquiera alcanzan.
Cifras que duelen, promesas que no alcanzan
El balance oficial habla ya de 1,492 personas fallecidas, una cifra que sigue en movimiento. La maquinaria estatal intenta recuperar entre 15 y 20 cuerpos por hora, mientras las posibilidades de hallar sobrevivientes se desvanecen con cada jornada. Bajo los escombros de decenas de edificios derrumbados todavía quedan respuestas que, según los propios equipos de rescate, podrían tardar semanas o incluso meses en aparecer.
El paisaje que describe la prensa extranjera es apocalíptico:
- Torres que parecen haberse derretido sobre el asfalto.
- Albercas colgadas al filo de acantilados partidos.
- Edificios enteros doblados sobre sí mismos.
- Familias completas acampando en las áreas verdes con lo poco que pudieron sacar.
Un país que se reconstruye con las manos
Lo que más golpea no es solo la magnitud del desastre, sino la respuesta ciudadana. Miles de venezolanos han tomado carreteras, palas al hombro, para sumarse a las brigadas de rescate. El trayecto desde Caracas, que normalmente toma poco más de 40 minutos, se ha extendido por horas debido a la marea humana que intenta llegar a la zona cero.
La tragedia vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la preparación del país caribeño frente a eventos sísmicos. Venezuela se ubica en una zona de alta actividad telúrica, y los sismos del sábado figuran ya como los más letales en un siglo para esta nación.
Lo que falta por contar
Mientras las autoridades trabajan en la identificación y el resguardo de los cuerpos, queda una pregunta que ningún boletín oficial responde: ¿cuántos desaparecidos más se sumarán a la lista? Las familias recorren hospitales, campamentos y morgues improvisadas con la esperanza de encontrar un nombre, una pista, una última despedida.
Venezuela, una nación curtida en crisis, enfrenta ahora una herida que no se cierra con decretos ni con cifras en pantalla. La Guaira no solo perdió edificios: perdió la posibilidad de nombrar a sus muertos, y con ellos, una parte de su memoria reciente.