La mirada que ya no puedo sacudirme: doctores en Venezuela rompen el silencio tras el doble terremoto
El terremoto doble que azotó el norte de Venezuela ha dejado una huella imborrable en los médicos que atienden a niños entre escombros y hospitales de campaña. Algunos, como un pediatra con la voz quebrada, confiesan que quieren dejar la profesión. La emergencia desnuda un sistema de salud colapsado.
La tierra tembló dos veces en menos de una hora y la vida de cientos de familias venezolanas cambió para siempre. El 24 de junio, a las 18:04, un sismo sacudió el norte de Venezuela y, minutos después, una réplica multiplicó el horror. Entre los edificios derrumbados y las ambulancias improvisadas, un grupo de médicos ha tenido que enfrentar una realidad que ningún consultorio prepara: decidir, entre lágrimas, cómo salvar extremidades infantiles ya necrosadas por la presión de los escombros.
La emergencia, lejos de ceder, se ha recrudecido con el paso de las horas. Los primeros pacientes pediátricos que llegaron a las salas gritaban de dolor, arrastrados por sus padres fuera de las estructuras colapsadas en La Guaira y zonas vecinas. Pero conforme avanzaban los días, los ingresos cambiaron de tonalidad: niños inconscientes, sin documentos y sin familiares, con piernas hinchadas por la acumulación de sangre, en riesgo inminente de shock o insuficiencia renal.
La voz que se quiebra
Un pediatra especializado en emergencias, que pidió el anonimato por miedo a represalias, resumió así la experiencia a BBC News Mundo: «Los pacientes que celebramos que rescatamos con vida están falleciendo o quedan con amputaciones y daño renal». Con la voz entrecortada, reconoció que esta cadena de pérdidas lo ha puesto a pensar en abandonar la profesión que ejerció durante más de tres décadas.
«La mirada de esos niños se queda con uno para siempre», agregó. A sus 62 años, este médico dijo sentir «pena» de ocultarse, pero está convencido de que de manera anónima puede «lograr mucho más» por sus pequeños pacientes y por colegas que enfrentan el mismo dilema ético y emocional.
Un sistema bajo estrés extremo
Los testimonios dibujados en los hospitales de campaña instalados en Catia La Mar y otras localidades costeras muestran tres problemas recurrentes:
- Traslados caóticos: los pacientes llegan sin estabilizar, muchos en vehículos particulares en lugar de ambulancias medicalizadas.
- Síndrome de aplastamiento: las toxinas liberadas por músculos sometidos a presión durante horas convierten heridas aparentemente menores en amenazas mortales.
- Identificación nula: menores ingresan sin nombre, sin familiares y sin historia clínica, lo que retrasa decisiones quirúrgicas urgentes.
Organismos internacionales ya evalúan la magnitud del desastre. El doble movimiento telúrico dañó vialidades, interrumpió el suministro eléctrico en municipios completos y forzó evacuaciones masivas. En los refugios habilitados, equipos voluntarios intentan dar seguimiento psicológico a niños que sobrevivieron pero perdieron extremidades o funcionalidad renal.
Cuando el médico también necesita sanar
La noticia pone sobre la mesa una conversación incómoda: ¿quién cuida a quienes cuidan? Varios galenos consultados admiten signos de agotamiento, insomnio y culpa. La psiquiatra venezolana Ana Sequera ha advertido en entrevistas recientes que la «fatiga por compasión» puede convertirse en un problema de salud pública si los profesionales no reciben apoyo institucional.
Por ahora, los turnos de 12 a 14 horas se han vuelto la norma y las sesiones de debriefing emocional brillan por su ausencia. Mientras tanto, las réplicas sísmicas — más de una decena en una semana — mantienen a la población costera en vilo y a los servicios pediátricos funcionando al límite de su capacidad humana.
El terremoto pasó, pero la emergencia apenas comienza. En cada camilla hay un niño que quizá vuelva a caminar, y un doctor que tendrá que aprender a mirar esos ojos sin romperse.