Ocho horas bajo los escombros: la vigilia de un padre frente al hospital en La Guaira
Alí Rodríguez, mototaxista venezolano, sobrevivió ocho horas bajo los escombros del terremoto en La Guaira. Mientras su esposa sigue hospitalizada, él se niega a irse del Hospital José María Vargas: su hijo de 10 años desapareció y solo una lista pegada en la entrada le da esperanza.
La vigilia de un padre en La Guaira
A las puertas del Hospital José María Vargas, en la ciudad costera de La Guaira, el tiempo parece haberse detenido. Decenas de familias recorren una y otra vez una lista de nombres pegada en la pared, con los mismos ojos enrojecidos y la misma pregunta atorada en la garganta: ¿estará aquí mi hijo?, ¿aparecerá mi madre?, ¿vivo o muerto?
El doble terremoto que sacudió a Venezuela esta semana dejó una estela de edificios colapsados, rescates heroicos y una tragedia que aún no termina de contarse. En medio del polvo y la confusión hay historias que condensan todo el dolor de un país que tiembla dos veces en menos de 24 horas y que retratan la incertidumbre de quienes buscan a los suyos entre las ruinas.
La historia de Alí
Alí Rodríguez tiene 50 años, conduce una mototaxi y, hasta el miércoles pasado, llevaba una vida modesta pero ordenada en La Guaira. Ese día salió con su esposa a hacer la despensa en un supermercado cercano. Nunca imaginó que volvería a ver la luz ocho horas después, sepultado entre los escombros del establecimiento.
«Mi esposa y yo quedamos atrapados, uno contra el otro, con una lámina de zinc atravesada a centímetros de nuestros cuerpos. Al lado teníamos a un niño de unos ocho años que no logró salir con vida», relata con la voz rota, sentado en una acera a metros de la entrada principal del hospital, mientras otros damnificados pasan cargando bolsas y cobijas.
Una fe que sostiene una espera imposible
Mientras su esposa permanece internada con lesiones que las enfermeras describen como graves, Alí no se ha movido del Hospital José María Vargas. Duerme en los bordes de la banqueta, come lo que le ofrecen vecinos, desconocidos y enfermeras, y revisa la lista de pacientes cada pocas horas. Su hijo de 10 años se había quedado en casa esa tarde, mientras sus padres hacían el súper. Nadie sabe dónde está.
«Estoy seguro de que debe estar buscándome. No me voy a ir de aquí hasta que aparezca su nombre en esa lista», dice el hombre, mirando de reojo el papel pegado en la pared donde se acumulan los ingresos de los últimos días. Es una frase que repite como una oración, una manera de mantenerse entero.
La herida más profunda
Alí confiesa que durante las horas bajo los escombros pensó en morir. Hay un tono de vergüenza cuando lo admite, pero también de alivio: cuando finalmente lo rescataron, lo hicieron vecinos que entraron al supermercado colapsado no para sacar víctimas, sino para llevarse mercancía entre las grietas.
«La ayuda nos llegó de donde menos esperábamos: de la gente que entró al edificio a sacar lo que pudo. Ellos fueron los primeros en escucharnos y sacarnos. Los cuerpos oficiales tardaron horas en aparecer», reclama con una mezcla de gratitud e indignación que comparten muchos damnificados de la zona, quienes señalan la lentitud de las autoridades y la ausencia de maquinaria pesada en las primeras horas tras el siniestro.
Una ciudad a la espera de sus muertos y sus sobrevivientes
El movimiento telúrico del miércoles derrumbó al menos una decena de edificaciones en La Guaira y dejó cientos de heridos en los centros hospitalarios. Las autoridades no han ofrecido aún un balance oficial definitivo de desaparecidos, y la cifra cambia cada hora conforme ingresan nuevos reportes de zonas que todavía no han sido inspeccionadas.
- Hospitales locales trabajan a máxima capacidad, con pasillos habilitados como salas improvisadas.
- Voluntarios y vecinas organizadas montan ollas comunitarias en las afueras de los nosocomios.
- Familias enteras acampan en las aceras de las salas de urgencias, a la espera de noticias.
- Llamados a donar sangre, agua embotellada y medicamentos circulan en redes sociales y grupos vecinales.
En la acera del José María Vargas, Alí Rodríguez espera. Su historia es la de cientos de padres, madres, hijos y hermanos que recorren la misma lista de papel, con la misma esperanza y el mismo miedo atorado en el pecho. Venezuela tiembla, pero quienes quedaron en pie siguen buscando a los suyos entre las grietas, aferrados a un nombre que aún no aparece.