Padres mexicanos firman pactos para alejar a sus hijos del celular hasta los 14 años
México y Argentina son escenario de una nueva ola de organizaciones de madres y padres que, inspiradas por el psicólogo Jonathan Haidt, buscan retrasar el uso de smartphones en menores. Acuerdos colectivos, redes de apoyo y presión social marcan esta cruzada que cuestiona la sobreexposición digital en la infancia.
La escena se repite en parques, escuelas y reuniones vecinales de cada vez más ciudades mexicanas: padres de familia intercambiando miradas cómplices mientras sus hijos, pegados a una pantalla, ignoran el mundo que los rodea. Esa preocupación compartida dejó de ser individual y se convirtió en movimiento.
Colectivos como Movimiento no es Momomento, nacido en suelo mexicano, y Pacto Parental, con base en Argentina, encabezan una cruzada regional que tiene como ejes las ideas del psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt, autor del libro La generación ansiosa. Su premisa es directa y dolorosa: la exposición temprana a teléfonos inteligentes y redes sociales está modificando el desarrollo emocional de una generación entera, y los adultos han decidido ponerle un freno.
Acuerdos con nombre y apellido
La mecánica es simple. Las familias que se suman firman compromisos públicos para no regalar smartphones antes de los 14 años y para restringir el tiempo de pantalla en edades más tempranas. Lo hacen en grupos de chat, en reuniones de jardín de niños y hasta en plazas públicas, con la convicción de que la presión social funciona donde las recomendaciones individuales no han alcanzado.
"Cuando te sientes solo en la decisión, es más fácil ceder. Cuando son veinte familias las que hacen lo mismo, todo cambia", explica una de las coordinadoras del movimiento en la Ciudad de México, quien pide el anonimato por la agresividad que han recibido en redes sociales.
Por qué Haidt prendió la mecha
El trabajo del investigador estadounidense funcionó como catalizador. Sus tesis sostienen que el acceso masivo a dispositivos móviles desde la infancia coincide con un aumento en trastornos de ansiedad, depresión y déficit de atención entre adolescentes. Aunque la comunidad científica debate el alcance de sus conclusiones, los padres organizados las tomaron como bandera.
El libro aterrizó en la región traducido por editoriales locales y se viralizó en podcasts, clubes de lectura y cuentas de crianza. Ahí, los colectivos encontraron un marco teórico para articular algo que ya sentían en el día a día: que la infancia había cambiado de ritmo y que nadie estaba regulando ese cambio.
México, punta de lanza
En territorio nacional, los grupos operan principalmente en la CDMX, Monterrey, Guadalajara y Querétaro, aunque reportan réplica espontánea en ciudades más pequeñas. No tienen registro formal ni financiamiento externo; se sostienen con trabajo voluntario y con la fuerza del boca a boca.
- Rechazo a teléfonos propios antes de los 14 años.
- Limitación de pantallas en menores de seis a sólo videollamadas familiares.
- Compromiso de no usar el celular como distractor en restaurantes o paseos.
- Apoyo mutuo ante la presión social de otros padres.
Tensiones y críticas
No todos aplauden. Especialistas en derechos de la infancia cuestionan que los acuerdos colectivos vulneren la autonomía de los menores y recuerdan que la edad de acceso a la tecnología varía según cada familia y contexto. Otros apuntan que el problema de fondo es la ausencia de regulación estatal sobre el diseño adictivo de las plataformas.
A pesar de las críticas, los organizadores defienden su causa con una frase que repiten en cada reunión: "No se trata de prohibir, se trata de devolverles la infancia a nuestros hijos". Mientras esa consigna siga encontrando eco entre nuevas familias, la ola seguirá creciendo por todo el continente.