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El estadio que quiso desaparecer: el Olímpico Universitario y su pacto con la lava

En 1950, la UNAM levantó su estadio sobre roca volcánica con una idea radical: que la arquitectura no compitiera con la naturaleza. Décadas después, ese experimento sigue siendo Patrimonio de la Humanidad.

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Imagen editada: El estadio que quiso desaparecer: el Olímpico Universitario y su pacto con la lava
Imagen editada: El estadio que quiso desaparecer: el Olímpico Universitario y su pacto con la lava

En la mayoría de las grandes ciudades del mundo, los estadios nacen para gritar su presencia. Torres enormes, luces cegadoras, estructuras que se ven desde el avión. La Ciudad de México tiene uno que hizo exactamente lo contrario.

El Estadio Olímpico Universitario fue diseñado en los años cincuenta con una premisa casi filosófica: si el Pedregal de San Ángel es lava solidificada del volcán Xitle, entonces el estadio debe parecer que brotó de esa misma lava. Y que, visto desde lejos, casi desaparezca.

Una apuesta contra la lógica de su tiempo

A principios de la década de 1950, la UNAM decidió mudarse al sur de la capital. El terreno que eligió era, técnicamente, un problema: una capa irregular de roca volcánica formada por la erupción del Xitle, ocurrida hace casi dos mil años. Cualquier constructor de la época habría dinamitado, nivelado y cubierto de concreto.

Los arquitectos Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez pensaron distinto. En vez de doblegar al paisaje, lo incorporaron al proyecto. La roca sería parte de la estructura, no su enemiga.

El primero de Ciudad Universitaria

La idea era tan radical que el estadio terminó siendo la primera gran obra de CU, incluso antes que la Biblioteca Central o las escuelas. Se construyó entre 1952 y 1953, con una capacidad que en su momento parecía descomunal: poco más de 70 mil espectadores.

Sus muros de piedra volcánica, su silueta baja y horizontal y el uso de materiales locales convirtieron al recinto en una pieza única de la arquitectura mexicana. Tan única que en 2007 la UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad como parte del campus universitario.

Mucho más que futbol

El Olímpico no solo ha sido casa de los Pumas de la UNAM. En 1968 fue escenario de los Juegos Olímpicos, donde México le dio al mundo una imagen que aún se recuerda: la antorcha encendida en forma de espiral y la ceremonia inaugural que combinó tradición prehispánica y modernidad.

También ha sido templo de conciertos, desde estrellas internacionales hasta momentos históricos del rock mexicano. Ahí se han coreado goles, se han encendido veladoras y se ha aplaudido a generaciones enteras.

La vigencia de una idea

Hoy, rodeado de la expansión urbana que devoró al sur de la capital, el Olímpico sigue pareciendo un accidente geográfico más que una obra humana. Esa fue, justamente, la mayor victoria de sus creadores.

En una época donde la arquitectura suele imponer, ellos prefirieron escuchar. El resultado: un estadio que lleva más de siete décadas mimetizándose con la lava, los recuerdos y la vida de una ciudad entera.

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