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Sin comida no hay revolución: Cuba se juega el todo por el todo con 176 reformas

La Habana aprueba el mayor paquete de reformas en décadas para reactivar una economía colapsada por apagones, escasez y emigración masiva. Las 176 directrices abren la puerta al mercado y a la inversión extranjera, siguiendo el modelo chino y vietnamita.

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Imagen editada: Sin comida no hay revolución: Cuba se juega el todo por el todo con 176 reformas
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Cuba, esa isla que durante décadas se sostuvo como bastión de resistencia frente al embargo estadounidense, atraviesa una de sus peores crisis en más de medio siglo. Los apagones que paralizan ciudades enteras, las filas interminables para conseguir un kilogramo de arroz y la estampida migratoria que vacía pueblos completos han colocado al gobierno de Miguel Díaz-Canel contra las cuerdas.

Ante este panorama, La Habana lanzó lo que analistas consideran el paquete de reformas más ambicioso desde el Período Especial de los años noventa: 176 directrices que reescriben las reglas del juego económico en la isla.

Un giro de 180 grados

Las medidas, avaladas por la Asamblea Nacional del Poder Popular el 18 de junio, marcan una distancia abismal respecto al modelo centralista heredado de la revolución. Entre los cambios más significativos destacan:

  • La posibilidad de que un mismo empresario pueda operar múltiples negocios privados
  • Una apertura sin precedentes a la inversión foránea
  • Mecanismos de mercado para distribuir recursos que antes controlaba exclusivamente el Estado
  • Transformaciones profundas en el campo, las finanzas y el comercio exterior
  • Una invitación explícita a los cubanos emigrados para que regresen al aparato productivo nacional

El campo, en particular, podría experimentar una revolución silenciosa. Los agricultores recibirían incentivos reales para producir, dejando atrás décadas de burocratismo que vaciaron los surcos y obligaron a importar buena parte de los alimentos que llegan hoy —cuando llegan— a las mesas cubanas.

¿China o Vietnam como espejo?

El paralelo con las transiciones asiáticas no es casual. Tanto Beijing como Hanói combinaron gobiernos de partido único con economías crecientemente mercantilizadas, y los resultados fueron espectaculares: cientos de millones de personas sacadas de la pobreza en apenas dos generaciones.

La gran pregunta que sobrevuela el Caribe es si el castrismo logrará replicar esa fórmula sin perder el control político. Hasta ahora, las directrices son lineamientos generales; falta el cómo, el cuándo y los mecanismos específicos que las convertirán en realidad cotidiana para los casi once millones de habitantes de la isla.

El reloj corre

El contexto aprieta como nunca. La producción nacional se desplomó, las reservas de divisas están en mínimos históricos y la población activa se reduce cada año por la emigración masiva que cruza el estrecho de la Florida. A esto se suma la presión de la Casa Blanca, que bajo Donald Trump ha redoblado tanto el bloqueo económico como las presiones diplomáticas sobre el régimen.

En las calles de La Habana, la frustración es palpable. Los cubanos de a pie llevan años soportando carencias que ninguna consigna ideológica logra justificar. La famosa frase sobre producir alimentos se topa hoy con un sistema que desincentiva precisamente eso.

Como suele escucharse en los mercados habaneros: "sin soberanía no se come". Esa sentencia resume el dilema que enfrenta la isla: mantener la pureza ideológica o aceptar que el modelo agotó sus posibilidades históricas.

¿Estamos ante el comienzo del fin del socialismo cubano tal como lo conocimos? Las próximas semanas ofrecerán pistas. Por lo pronto, millones de cubanos observan con cautela —y con algo de esperanza— un paquete que, de cumplirse, podría transformar la vida cotidiana en la mayor de las Antillas.

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