La Raíz.

Un auto por cada 2.5 habitantes: la CDMX que se ahoga en su propio pavimento

La Ciudad de México enfrenta una crisis de movilidad que ya no se disimula: un vehículo particular por cada 2.51 habitantes مقابل apenas una unidad de transporte público por cada 357 personas. Mientras el coche gana terreno, el Metro y el sistema colectivo pierden usuarios a diario.

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Imagen editada: Un auto por cada 2.5 habitantes: la CDMX que se ahoga en su propio pavimento
Imagen editada: Un auto por cada 2.5 habitantes: la CDMX que se ahoga en su propio pavimento

Hay una pregunta incómoda que circula en el congestionamiento capitalino: ¿a qué hora dejamos de tener opción? La Ciudad de México ya no enfrenta un problema de tráfico; enfrenta una trampa construida durante décadas, donde el automóvil particular creció sin control mientras el transporte público se quedó atrás.

La radiografía que nadie quiere ver

De acuerdo con Miriam Téllez, especialista de la Red Académica Mexicana por el Transporte Público y docente de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, la zona metropolitana carga hoy con un auto privado por cada 2.51 habitantes. El número parece técnico, pero traduce una realidad cotidiana: cada familia compite por el mismo asfalto a la misma hora.

El contraste duele. Frente a ese casi-privado-universal del coche, el transporte público apenas dispone de una unidad por cada 357 personas. La diferencia no es solo estadística: es la distancia entre quien decide salir de su casa y quien no tiene cómo hacerlo.

Promesas que no llegan a la calle

Téllez advierte que el problema no se reduce a la cantidad de vehículos que se suman cada año a las vialidades. Existe, asegura, una brecha evidente entre los planes oficiales y lo que realmente vive la gente. Los documentos sobre movilidad existen. Las intenciones también. Lo que escasea son los resultados.

  • Más unidades de transporte colectivo prometidas, pero no entregadas.
  • Un servicio incapaz de absorber la demanda diaria de millones de pasajeros.
  • Líneas de Metro con mantenimiento insuficiente y Trenes Insurgentes circulando con menos convoyes.

El resultado es una cadena perversa: el usuario del transporte público sufre esperas, saturación y desconfianza. Entonces compra o usa un auto. Entonces el congestionamiento crece. Entonces el transporte público se vuelve aún menos atractivo. Y el ciclo vuelve a empezar.

El Metro como símbolo del deterioro

Aunque se anuncian obras y mejoras en distintas líneas, lo que se observa en los andenes es otra cosa. Trenes detenidos, convoyes más cortos, estaciones atestadas durante las horas pico. Para Téllez, esta combinación empuja a miles de capitalinos a buscar alternativas individuales, lo que refuerza la dependencia del coche y multiplica las horas muertas en las avenidas.

¿Quién paga la cuenta?

La crisis vial no es neutra. Paga quien menos tiene: el trabajador que pierde dos horas diarias en un microbús, la madre que lleva a sus hijos a la escuela entre empujones, el comerciante que ve cómo su mercancía llega tarde. También paga quien ya optó por el auto: combustible, estacionamiento, estrés crónico, contaminación que vuelve irrespirable el cielo del valle.

Mientras las políticas públicas sigan atrapadas entre anuncios y licitaciones, la Ciudad de México seguirá eligiendo, involuntariamente, el camino más caro. La especialista lo resume sin rodeos: la movilidad capitalina seguirá empeorando mientras el transporte público no ofrezca ni más unidades ni un servicio digno.

La salida no pasa solo por más vialidades ni por más restricciones. Pasa por devolverle al transporte colectivo la capacidad de mover personas, no solo de cobrar boletos. Hasta que eso ocurra, cada semáforo en rojo será el recordatorio de una ciudad que apostó por el coche y perdió.

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