La Raíz.

Una bebé de tres meses duerme en la acera mientras Durban expulsa a miles de migrantes

La pequeña Priscilla ha pasado dos de sus tres meses de vida sobre un colchón sucio en una banqueta de Durban, tras huir con su familia de una oleada de violencia xenófoba que ha vaciado barrios enteros en Sudáfrica.

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Imagen IA: Una bebé de tres meses duerme en la acera mientras Durban expulsa a miles de migrantes
Imagen IA: Una bebé de tres meses duerme en la acera mientras Durban expulsa a miles de migrantes

En una acera de Durban, una bebé de tres meses llamada Priscilla Mussa duerme envuelta en una gruesa manta que su madre estira casi por completo sobre ella. Alrededor, decenas de hombres y mujeres comen un guiso caliente en vasos de plástico; un poco más allá, la ropa lavada cuelga de una reja metálica. No es un campamento temporal: es la nueva casa de una familia congoleña que lleva 18 años viviendo en Sudáfrica y que hoy no tiene ni una cuchara.

El rostro más pequeño de una crisis que nadie quiere ver

Cuando Priscilla apenas cumplía un mes, un grupo de hombres llegó de noche al barrio donde vivía la familia. Tocaron puerta por puerta exigiendo que "volvieran a su país". Kurda Mussa, padre de la niña y barbero de profesión, apenas alcanzó a sacar a su esposa Rebecca Varis, a la bebé y a sus otros dos hijos. Perdieron la casa, los muebles, la ropa, los utensilios de cocina. También perdieron la barbería, vandalizada, y con ella el sustento. Los niños mayores dejaron de ir a la escuela porque el camino ya no es seguro.

"Si no la pego a mi pecho, se le tapa la nariz del frío", cuenta Rebecca. Aun así, la pequeña se ha enfermado en más de una ocasión. La escena se repite en varias cuadras de Durban, convertida en uno de los epicentros de una ola de violencia xenófoba que desde hace semanas obliga a miles de migrantes y refugiados a dormir a la intemperie.

Los extranjeros como chivo expiatorio

Los migrantes representan apenas el 4% de la población sudafricana, pero han terminado pagando los platos rotos de una crisis mucho más profunda: desempleo rampante, servicios públicos colapsados y una economía que no levanta. Las autoridades locales han sido blanco de denuncias por su pasividad. Varios testimonios recogidos por enviados especiales relatan escenas en las que las agresiones ocurrieron a metros de uniformados que no intervinieron.

"Pueden golpearte enfrente de la policía y nadie te protege", resume un refugiado que prefirió no dar su nombre. Esa frase sintetiza el sentir de una comunidad que llegó a Sudáfrica huyendo de conflictos en el Congo, Mozambique o Zimbabue y que hoy se enfrenta a una nueva pesadilla, esta vez en el país que un día los acogió.

Lo que se pierde cuando se pierde la calle

  • El hogar: familias enteras han visto saqueadas sus viviendas y negocios en cuestión de horas.
  • El trabajo: talleres, locales y comercios de migrantes han sido incendiados o destruidos, dejando sin ingreso a cientos de personas.
  • La escuela: menores que ya no pueden desplazarse con seguridad quedaron fuera del aula, abocados al trabajo informal o a la calle.
  • La salud: sin documentos, sin recursos y con miedo a denunciar, muchos evitan hospitales hasta que la enfermedad se vuelve imposible de ignorar.

Mientras tanto, organizaciones civiles intentan llevar comida, cobijas y atención médica a los improvisados asentamientos. La ayuda es insuficiente. Priscilla, en su mameluco fucsia y su gorrito de lana, sigue durmiendo sobre el mismo colchón sucio, ajena a un debate político que en Pretoria y Johannesburgo no logra apagarse, y que en las aceras de Durban ya cobró forma de huida, hambre y frío.

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