La Raíz.

Vivir solos y conectados: la pandemia silenciosa que nadie nombra

Desde Barcelona, la escritora Najat El Hachmi reflexiona sobre un fenómeno inédito: cada vez más personas eligen vivir completamente aisladas, aun rodeadas de millones. Una columna que incomoda y abre debate en México y el mundo.

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Imagen editada: Vivir solos y conectados: la pandemia silenciosa que nadie nombra
Imagen editada: Vivir solos y conectados: la pandemia silenciosa que nadie nombra

Hay una escena que se repite en las grandes ciudades del mundo y que casi nadie se atreve a describir en voz alta: personas sentadas en terrazas, con audífonos puestos, mirando pantallas mientras beben un café que también pidieron desde el teléfono. Nadie habla con nadie. Nadie mira a nadie. Y, sin embargo, todos están conectados.

Esta postal, multiplicada por millones, sirve como punto de partida a la más reciente entrega de la columna Carta desde Barcelona, escrita por la autora Najat El Hachmi en Letras Libres. El texto, titulado Sin humanos entre la gente, arranca con una afirmación que incomoda: lo que ocurre hoy en las urbes del planeta no encuentra equivalente en ningún otro momento de nuestra historia.

Una elección que ya nadie cuestiona

El ensayo pone sobre la mesa un fenómeno que durante décadas permaneció casi invisible: la decisión consciente —y muchas veces celebrada— de prescindir por completo de compañía. No por castigo, no por accidente, sino como proyecto de vida. Los hogares unipersonales crecen año con año en Europa, en América Latina y, por supuesto, en las grandes ciudades mexicanas, donde proliferan los departamentos pensados para una sola persona.

Pero el texto va más allá del dato duro. El Hachmi apunta algo que pica: en este nuevo paisaje, los vínculos cara a cara se han vuelto casi optativos, una especie de artículo de lujo al que solo se accede cuando las aplicaciones y los algoritmos lo permiten.

El ruido que tapa la ausencia

  • Más gente que nunca duerme cada noche en casas donde no hay otra respiración.
  • La independencia total se presenta como sinónimo de libertad moderna.
  • Las ciudades se llenan de cuerpos que circulan sin rozarse jamás.
  • La conversación profunda se reduce a mensajes breves y olvidables.

El resultado, advierte la columnista, es una sociedad donde la presencia física del otro se ha vuelto prescindible. Una rareza histórica que atravesamos sin manuales, sin protocolos, sin respuestas de las familias, las escuelas ni los gobiernos, porque nadie había imaginado un mapa social como este.

Lo que dejamos escapar

El ensayo no entrega soluciones fáciles, pero sí coloca el dedo en una llaga que duele: hemos terminado por confundir estar comunicado con pertenecer. Tener miles de contactos en una red no equivale a una red de apoyo. Recibir notificaciones cada minuto no significa que alguien mire por ti cuando las cosas se complican.

Desde Barcelona, El Hachmi lanza una pregunta que también viaja del otro lado del Atlántico: ¿qué clase de comunidad estamos formando cuando elegimos, una y otra vez, no compartir la existencia con nadie?

Quizá la respuesta no esté en grandes teorías ni en manifiestos académicos. Esté en algo mucho más modesto: en volver a sentarse a una mesa, sin pantallas de por medio, y redescubrir cómo se mira alguien a los ojos sin que eso parezca un acto extraño, riesgoso o casi clandestino.

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