Xibalbá transforma la cárcel femenil de Chiconautla en trinchera de arte y rebeldía
Xibalbá, rapera y tallerista, pisó la cárcel a los 16 años por una falsa denuncia. Hoy devuelve a las internas de Chiconautla algo que el sistema les niega: danza afro, rap y grafiti como armas de dignidad.
Hay un sonido que rompe el silencio metálico del penal femenil Sergarcía Ramírez, en Chiconautla, Estado de México. No es la reja cerrándose, ni la lista de pase de lista: es un tambor improvisado, cuerpos moviéndose y voces rasposas lanzando rimas que cuentan lo que nunca debieron callar. Del otro lado de las rejas, una mujer de piel morena y voz aguardentosa dirige la jornada. Se hace llamar Xibalbá, y su historia es la prueba de que el arte también puede nacer en el lugar más oscuro.
Una adolescente marcada por la injusticia
Era 2005. Una chica de apenas 16 años, vecina de las faldas del cerro del Chiquihuite, se vio arrastrada a un pleito con una joven que le debía una cuenta pendiente: la había golpeado durante un embarazo de seis meses. La pelea terminó con una denuncia por robo que, según cuenta la propia afectada, jamás ocurrió. Dos semanas dentro del penal de Santa Martha le bastaron a Dulce María Siete Domínguez para entender dos cosas: que el sistema la había marcado con un delito que no cometió, y que las mujeres encerradas vivían en un vacío cultural absoluto.
Popotillo con cera de Campeche, bolsas de rafia, televisión apagada la mayor parte del día. Esa era la llamada terapia ocupacional que el Estado ofrecía a quienes purgaban una condena. Una burla disfrazada de rehabilitación.
De interna a tallerista: el arte como trinchera
Salió de prisión, pero el encierro se le quedó pegado a la piel. Tres años después, en 2008, volvió a las cárceles, pero ahora del otro lado de la reja. Con la experiencia acumulada en programas culturales y una identidad artística que terminaría por consolidarse, Dulce María comenzó a impartir talleres socioculturales y laborales al interior de los penales. El primero fue dentro de una prisión; los siguientes se multiplicaron como una grieta que se vuelve río.
Hoy, al frente de una clase de danza afro, Xibalbá observa a decenas de mujeres vestidas de azul —color de quienes ya purgan sentencia definitiva— sacudir el cuerpo sobre la explanada ardiente del penal. Una compañera de beige, todavía en proceso penal, marca el ritmo con un tambor que ella misma domó. La escena contradice el discurso oficial: aquí no hay mano dura sin rehabilitación; hay cuerpos que resisten a través del arte.
Rap, grafiti y la voz que no se apaga
Xibalbá no se muerde la lengua. Su voz rasposa escupe verdades en formato de rap, ese género que en México ha encontrado en las periferias y las prisiones una caja de resonancia inesperada. Junto a la danza, llega también el grafiti: muros grises que se transforman en lienzos donde las internas plasman lo que llevan dentro. No es decoración: es un derecho cultural que el sistema penitenciario mexicano sigue tratando como concesión y no como obligación.
La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿cuántas mujeres podrían encontrar en el arte una salida, si el Estado les negara la puerta de la cultura? La respuesta se escribe todos los días en Chiconautla, entre rimas, pasos de danza y aerosoles.
- Dato clave: México mantiene una de las poblaciones femeninas privadas de la libertad con menor acceso a programas artísticos en Latinoamérica.
- El origen: Xibalbá fue recluida a los 16 años por una denuncia que ella misma califica de fabricada.
- La herramienta: Danza afro, rap y grafiti se han convertido en su método de reinserción comunitaria.